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UN EMPRESARIO EJEMPLAR

Julio Gotlib, una historia que merece ser contada 
Fue un sobreviviente del Holocausto y un tenaz luchador contra el horror del nazismo. Acaba de morir en Argentina
Por PEPE ELIASCHEV

A pocas horas de cumplir 85 años, murió un sobreviviente. Porque Julio Gotlib, que se apagó esta semana en Buenos Aires, era la encarnación del hombre que se reinventa a sí mismo, lucha denodadamente y afirma su existencia desde la sencilla prepotencia de querer vivir.

Exitoso empresario de la industria de la indumentaria (su caballito de batalla fue durante años la cadena de tiendas Cacharel), Gotlib era un personaje cautivante del Río de la Plata, pero su historia personal deja un legado rutilante y ejemplar.

Judío polaco menor de edad cuando Alemania invadió Polonia en 1939, Gotlib fue uno de los primeros millares de sus paisanos degradados por los nazis no más apoderarse de ese milenario país.

Encerrado en un campo de concentración, indomable y dueño de una energía fenomenal, se escapa con un grupo de compañeros de ese centro de aniquilamiento, se interna en sus adorados bosques polacos y, enganchado a las tropas del Ejército Rojo, pelea como partisano contra los ocupantes.

Tras el fin de la guerra, sobreviene la revelación del horror sin fronteras. Los ocupantes alemanes, con la a veces activa participación de la derecha antisemita de Polonia, liquidaron prácticamente a la totalidad de la comunidad judía polaca. De los casi tres millones de judíos que vivían en Polonia en 1939, el 91 por ciento fue exterminado por los nazis. De los 9.415.840 judíos que vivían en Europa al comenzar la guerra, fueron asesinados 5.860.129, dos de cada tres de ellos (David Vital, "A People Apart. The Jews in Europe, 1789-1939", Oxford University Press, 1999).

LA REINVENCION

Y luego, la reinvención de la vida. Gotlib, consciente de haber sobrevivido al genocidio y tras haber pasado una larga temporada ametralladora en mano, se radica en París, se sumerge en el mundo textil, se proyecta y consuma como un emprendedor infatigable, trabajador y talentoso, y emigra a la Argentina al promediar los años 50.

En medio siglo de trabajo, Gotlib se convirtió en una figura consular de su industria, un empresario de los que ya quedan pocos, infatigable, detallista e inspirado. Hacía años que podía haberse regalado la serenidad de un retiro cómodo, pero hasta hace pocos meses seguía visitando proveedores, eligiendo telas, descubriendo técnicas comerciales, avizorando con un apetito voraz nuevas posibilidades y nuevos horizontes.

Pero no es el Gotlib empresario, por exitoso que haya sido, el sujeto central de esta vida que acaba de concluir. Identificado con sereno orgullo con su pueblo, Gotlib jamás ignoró que entre 1939 y 1945 el mundo descendió al horror más total y que la aniquilación del pueblo judío fue casi completamente consumada por la siniestra "solución final" resuelta y aplicada por el Tercer Reich.

A él no le podían hablar del Holocausto en términos ambiguos o pretendiendo que "no fue tan así". Generoso hasta lo indescriptible, dueño de una vivacidad contagiosa, amante incurable de su familia, las rosas, el buen vodka, la cocina deliciosa, el sol y el mar, Gotlib era un desmentido rotundo al pretendido carácter resentido y taciturno de los sobrevivientes.

Siempre supo que había que vivir para dar testimonio y por eso fue atrasando su final con tenacidad combatiente. Él sencillamente pensaba que a la muerte en lugar de cortejarla o temerla, había que combatirla. Y eso hizo.

La etapa final de su enfermedad coincidió con el recrudecimiento de las innobles y canallescas erupciones del "negacionismo", esa corriente maligna que arranca desde que el bunker de Hitler fue ocupado por las tropas aliadas, y se perpetúa hasta hoy. Un excomulgado obispo católico de la secta lefebvrista y radicado en la Argentina, el inglés Richard Williamson, fue hace semanas indultado por el papa Benedicto XVI en el mismo momento que trascendía un reportaje en donde el obispo negaba la existencia del Holocausto y la evidencia de las cámaras de gas que han hecho célebre el campo de exterminio de Auschwitz, en Polonia.

Quien esto firma habló largamente en vida con Gotlib y sobre todo de su saga legendaria, la guerra, los nazis, el combate, el exterminio, el odio, la vida. Los ojos de Gotlib habían visto mucho y se le notaba. ¿Negacionismo? Despreciaba con vigor a los nuevos apóstoles de la vieja judeofobia, pero ni se tomaba el tiempo en perderse con insultos. Su vida, su condición de testigo irrebatible de ese mal esencial y profundo que fue el nazi-fascismo, lo proyectaban más allá de las querellas habituales.

Ahora que Gotlib murió, su genialidad esencial lo subsiste y lo recrea. En sus legendarias fiestas de cumpleaños en Punta del Este, a Julio Gotlib le gustaba que el DJ hiciera sonar a todo volumen el embriagante "La vida es un carnaval" cantado por la cubana Celia Cruz, la formidable exiliada cubana que interpretaba el tema de Tito Puente, que Julio bailaba con frescura y vigor: "Todo aquel/que piensa que está solo/y que está mal/tiene que saber que no es así/que en la vida no hay nadie solo/siempre hay alguien. ¡Ay! ¿Por qué llorar?/que la vida es un carnaval/y es más bello vivir cantando/que la vida es un carnaval/y las penas se van cantando/Todo aquel que piensa que la vida/siempre es cruel/tiene que saber que no es así/que tan solo hay momentos malos/y todo pasa/Todo aquel que piense/que esto nunca va a cambiar/tiene que saber que no es así/que al mal tiempo buena cara/y todo cambia/¡Ay! ¿Por qué llorar?/¡Ay! ¡No hay que llorar!".

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