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EL RENDIMIENTO ACADEMICO Y LA NUTRICION

Jesús Antonio Camarillo
Analista político - Mexico - Diario Digital Juárez.


En una de sus más recientes colaboraciones para el periódico El Universal, el conocido periodista Jacobo Zabludovsky difundió datos aportados por el Consejo Directivo de la Fundación UNAM presidida por el licenciado Rafael Moreno Valle, los cuales arrojan que en la máxima casa de estudios del país, hay 27 mil estudiantes desnutridos. Dichos datos fueron puestos en la mesa una vez que, a principios del año pasado –narra Zabludovsky en su artículo– el director de una de las facultades de la Universidad se percató de que aumentaba el número de estudiantes con bajas calificaciones por lo que el académico optó por poner a siete de ellos, seleccionados al azar, bajo el cuidado de un sicólogo y un grupo de maestros especiales que los atendieron en horarios fuera de la clase.

Después de seis meses, los siete alumnos realizaron sus exámenes ordinarios y sus calificaciones fueron similares a las que habían obtenido en ejercicios de evaluación anteriores. No se notó ningún avance. Pero la iniciativa del profesor estaba lejos de agotarse. Convocó a una reunión en la que además de los maestros se contó con la asistencia de una nutrióloga y en medio de una lluvia de propuestas se decidió someterlos a exámenes médicos. Pero además, algo que puede sonar tan simple: se les sometió a una dieta balanceada dirigida por profesionales. Y vaya sorpresa, para el siguiente periodo de exámenes todos, absolutamente todos, habían aumentado su rendimiento escolar.

Afirma Jacobo, quien también es miembro del Consejo Directivo de la Fundación UNAM, que el experimento se extendió a 30 jóvenes en situación similar: 27 subieron su calificación, 20 de los cuales en forma notable: de seis a ocho. Los resultados motivaron una investigación más a fondo sobre el contexto socioeconómico de los alumnos participantes en la muestra. Resultó que todos provenían de familias cuyos ingresos no rebasaban los tres salarios mínimos. Todos estaban desnutridos y muchos de ellos no desayunaban.

Al investigar a todos los alumnos de la facultad se encontró que el 10% padece de desnutrición y el director y los profesores coincidieron, dice Zabludovsky, en que es un desperdicio de recursos tratar de educar a desnutridos. Primero hay que darles de comer. A partir de aquí, la UNAM y la Fundación estarán trabajando en un programa que pretende abarcar escuela por escuela, facultad por facultad, y en el que la pretensión suena tan sencilla pero al mismo tiempo tan titánica: vencer el hambre para propiciar el aprendizaje. El legendario ex conductor del noticiero 24 Horas cierra su artículo así: “La Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) será la primera universidad en el mundo que mediante el rescate físico eleve el nivel de aprovechamiento de sus 300 mil alumnos. Primer enemigo a vencer: el hambre”.

El artículo de Jacobo mueve a la reflexión. Y agradezco al colega y amigo Adrián Uribe que me haya puesto al tanto de su publicación. No descubre el hilo negro, pero pone de nuevo en el ojo de la opinión pública la relación entre nutrición y aprendizaje. El hambre dificulta el aprendizaje en todas las etapas de la vida. Y la etapa universitaria, no es la excepción. A veces, en las primarias o en las secundarias, se habla del hambre aunque sea de pasadita. No falta el profesor que se fija en que casi la totalidad de su grupo no puede, de plano, poner atención porque las tripas de los chiquillos no los dejan poner atención en la lección del día. De por sí, a la gente le da pena hablar del hambre, pero en esas escuelas de la periferia de Ciudad Juárez a veces un profesor antes de repetir las tablas, le pregunta a sus alumnos si desayunaron y los niños le contestan entre risas estoicas, a veces la verdad a veces la mentira.

En las universidades, en cambio, uno nunca habla del tema. Llegamos e impartimos nuestras materias con una asepsia casi total y nunca nos preguntamos si nuestros alumnos desayunaron antes de entrar a la clase. Reprobamos a nuestros alumnos pensando que son unos burros porque no entienden la teoría. Pensamos que todos o la mayoría, por ser ya todos unos adultos deben arreglárselas solitos. Que al cabo ya están grandecitos para trabajar. Nunca nos percatamos que el hambre y la necesidad caminan también en los pasillos de las universidades. En la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez he visto, en mis clases, sentada, mirándome fijamente, y quizá burlándose de mis desplantes, el hambre que se apodera de alguno de mis alumnos. Casi me dice “lo tengo” y yo no tengo otra opción más que voltear al pizarrón y escribir cualquier garabato. 

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